D: Luis Ortega (El jockey) / Coralie Fargeat (The substance)
I: Nahuel Pérez Biscayart, Úrsula Corberó,
Roberto Carnaghi (El jockey) / Demi Moore, Margaret Qualley, Dennis Quaid (The
substance)
Por esas cosas del destino, en la
cartelera de Buenos Aires se estrenaron casi simultáneamente la local El
jockey y la hollywoodense The substance. Inclusive, compartieron
programa en salas de un mismo cine.
Es difícil concebir propuestas
artísticas más antitéticas. Mientras en El jockey el preciosismo de las
imágenes y una trama surrealista, poblada de símbolos, están signados por la
ambigüedad entre lo experimentado y lo onírico, The substance se atiene
a un guión lineal, parte de una problemática concreta y la intriga se introduce
por medio de un elemento de ciencia ficción. Desde el inicio, El jockey presenta
un mundo absurdo, tanto en la mirada irónica de sus creadores como en la
representación de las percepciones alteradas por una combinación de adicciones,
fármacos y shocks emocionales. The substance inicia su desarrollo desde
una realidad sólidamente establecida: el envejecimiento de las personas en un
medio en donde la juventud representa el valor hegemónico.
Estéticamente, The substance se
atiene rigurosamente a los manuales de género de Hollywood y los cumple a rajatabla.
Cada escena contiene lo necesario para hacer progresar la narración de manera
eficiente. El jockey plantea la disrupción permanente con lo cotidiano,
la introducción de elementos inesperados o disparatados, la sorpresa, la
lectura múltiple de un mundo puesto en cuestión.
A pesar de sus diferencias, El
jockey y The substance formulan la misma pregunta: quién es uno
mismo. En el caso de El jockey, el protagonista se desdobla en
lo psicológico, oscilando entre dos identificaciones; en The substance
la duplicación es física. Pero mientras en El jockey esa dualidad deviene
irresoluble, al extremo de que finalmente nadie sabe realmente quién es, en The
substance prevalece la empecinada afirmación de la individualidad sobre el conflicto entre sus distintas encarnaciones por la usurpación del yo
dominante.
No estaríamos muy desencaminados si
percibiéramos ciertas indefiniciones del sujeto argentino (o latinoamericano)
en una, y la confianza rotunda en la propia identidad del estadounidense en la otra. Por
un lado, la eterna duda acerca del ser nacional, el cuestionamiento de
quiénes somos y adónde vamos. Por otro, la convicción en el destino
manifiesto, la solidez (hasta la estolidez) de una identidad cultural,
independientemente de sus valores y sus disvalores.
En consecuencia, no pueden extrañar
los resultados de una y otra películas en términos de contundencia. El
jockey, después de una pirotecnia narrativa que juega a sorprender al
espectador, a sacarlo de su zona de confort y obligarlo a situarse en un punto
de vista dislocado, cerca del desenlace traslada las dudas de su protagonista a
la resolución misma del relato. La historia empieza a sobrecargarse con
reflexiones filosóficas y mensajes innecesariamente explícitos, como si desde
la realización no confiaran en la energía de los símbolos sembrados. Como si se
inclinaran por algún grado de seriedad para estabilizar y preservar la obra de
arte. La solemnidad de cierta corrección política debilita la propuesta. La potencia
del mensaje deviene moraleja, o moralina. El protagonista se malogra por medio
de una reencarnación simbólica que lo evapora de la cinta y de nuestras vidas. Así,
por un escrúpulo de cine serio, el final resulta artificioso y ajeno a la frescura
del planteamiento inicial.
Por el contrario, The substance,
que ha comenzado como una reflexión social y se ha desplazado al suspenso de
ciencia ficción, a la hora de resolver el plot no tiene complejos y arremete pisando
el acelerador, desembocando en la mejor tradición del cine gore sin otro
rubor que el de la sangre que corre a torrentes. No se considera salvaguardar
ninguna obra de arte, porque lo que se ha planteado desde el principio es un
producto comercial. Por lo tanto, si la historia nos ha llevado hasta aquí a
fuerza de golpes bajos, sigamos el camino hasta el final sin medias tintas ni temor
al ridículo. If we
were going to do it, let's do it. La película acaba con un regadero de sangre y vísceras en donde
patinan protagonistas, personajes secundarios, extras, hasta técnicos y por
poco uno mismo como espectador.
La diferencia
en la efectividad de la factura que se señala no alude en lo más mínimo al
valor artístico de cada película. En El jockey se disfruta cada
fotograma; la banda de sonido, la fotografía y las actuaciones descollan por su
belleza, por su imprevisibilidad, por su ternura, por su imaginación. The
substance ejecuta una fórmula comprobada por el márketing con la solidez de
quien sabe qué está vendiendo y cuál es su target, apalancada en una
observación sobre valores de nuestro tiempo que no deja de ser interesante.
Inesperadamente,
las dos películas, puestas en cotejo, hablan más de nosotros de lo que hubiéramos
deseado. Y también de la vigorosa y recia arremetida de las ultraderechas, así
en el norte como en el sur, estrafalarias y groseras pero seguras de sí, en
contraste con las confusas y vacilantes respuestas de los desorientados
sectores progresistas, de modo similar allí y acá.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Dejá tu comentario aquí