martes, 24 de marzo de 2026

Sinners (2025)

 D: Ryan Coogler

I: Michael B. Jordan, Jack O’Connell, Hailee Steinfeld, Delroy Lindo

Fuente: imdb.com

Que Sinners haya marcado un récord con la mayor cantidad de nominaciones a los premios Oscar en la historia (16, más que Titanic, que Forrest Gump, que Lord of the Rings) puede parecer decepcionante a la luz de su cosecha efectiva (4 estatuillas obtenidas); en cambio, resulta más lógico comprobando lo cuidado de una realización obsesiva en los detalles, recreando a la perfección un color local y de época, lo que hace que sean muchos sus aspectos destacables en condiciones de competir.

Que dos de los premios mayores (mejor película y mejor director) se los haya llevado One battle after another, en opinión de este blog no hace justicia; pero eso, claro, siempre es opinable. Hay que tener presente que Hollywood es apenas un barrio, y nada impresionante, de la tampoco impresionante ciudad de Los Ángeles: más allá de su enorme importancia en la industria cinematográfica mundial, es un galardón bastante provinciano. En contrapartida, a diferencia de los festivales más afamados, no es un jurado de notables quien atribuye o niega méritos; se trata de una premiación democrática en donde todos los miembros de la Academia (más de 10.000 entre directores, guionistas, actores, actrices, maquilladores, etc. etc.) votan. En una primera vuelta, los especialistas de cada categoría dirimen las nominaciones; en la segunda, todos votan todo.

Siempre cabe sospechar una ley de compensaciones (no manejadas bajo la mesa al estilo aptra en los Martín Fierro: existe una seria fiscalización en estricto secreto por PricewaterhouseCoopers), pero las premiaciones obtenidas por Sinners pueden calificarse de ecuánimes, especialmente en Guion Original, Banda Sonora y Fotografía. La cuarta es por Actor Protagónico, y en ese sentido la mayor exigencia para Michael B. Jordan puede haber sido componer dos personajes, los gemelos Smoke y Stack, que encima interactúan todo el tiempo. En estricta justicia, la película podría haberse llevado al menos una estatuilla más, la de Diseño de Producción. Reproducir el Mississippi de la década de 1930 de una manera fidedigna y en tal cantidad de locaciones lo hubiera merecido.

Pero sin duda, lo que resultaría más arduo cuestionar es la distinción al guion. Ryan Coogler, que lo escribió (además de dirigir), aprovecha la tendencia en boga hacia los vampiros, en sagas de crepúsculos y series de caza no-vivos que se reproducen a la velocidad de la inoculación, para trazar una alegoría profunda sobre los orígenes y destinos de los afrodescendientes en Estados Unidos.

La figura del vampiro siempre ha contenido una potente simbología, malbaratada últimamente por productos pasatistas que sólo enfatizan el aspecto terrorífico y sexual, o su variante romántica. Coogler concibe una fábula en donde la tradicional segregación racial en el sur de los Estados Unidos cobra otros matices.

Smoke y Stack son gemelos que han regresado a Mississippi después de su experiencia gangsteril en la norteña Chicago. Vuelven a sus raíces, a su origen, con la intención de vivir entre los suyos emancipándolos del lugar sumergido en el que los mantienen los blancos: atados, como mecanismo de ajuste, al cristianismo, una religión que les permite preservar ciertas características de su comunidad, pero al precio de reforzar la mentalidad del esclavo. Aceptación y resignación. Smoke y Stack no son revolucionarios ni libertadores: apenas proyectan una cantina en donde los afroamericanos puedan escuchar música, bailar, comer y beber; en una palabra, ser libres divirtiéndose.

Ser libres divirtiéndose. Fuente: imdb.com

En Chicago han aprendido a tratar con el dinero. Saben cómo traficar, regatear y sacar partido de su valor, y quieren transmitirlo a su gente: “el dinero siempre debe negociarse”, alecciona Smoke a una morenita que debe cuidar su camión. En una población que, por tener un pasado servil, desconocía su manejo, pretenden despertar una conciencia más defensiva: rechazan el dinero trucho de las plantaciones de algodón y advierten que se deben usar y exigir dólares.

El dinero y las transacciones atraviesan toda la película: en las contrataciones del pianista Slim y del portero Cornbread; en el pago a un médico para curar a los que intentaban robar; en las provisiones que se compran para el buffet y en las negociaciones por la cartelería, en lo que pagan los parroquianos y hasta en el precio que Stack intenta establecer para lograr que Mary se retire del local. Todo parece tener un precio, pero para mercar acciones o materias, no para comprar convicciones.

El elemento vital no se puede adquirir, y la piedra de toque, en ese sentido, es la música. Es la advertencia liminar de la película: “existen leyendas de aquellos nacidos con el don de crear música tan verdadera que atraviesa el velo entre la vida y la muerte.” Y se invocan tres tradiciones en las que se reproduce esta creencia: la de África occidental, de donde proviene la comunidad negra; la de los Choctaw, pueblo originario del Mississippi; y la irlandesa.

Campos de algodón y trabajo forzado. Fuente: imdb.com

Coogler aprovecha la tradición irlandesa: la película se desarrolla al final de la cosecha de algodón, hacia la conclusión del otoño. La celebración irlandesa del Samhain es una festividad celta ancestral que señala el fin de la cosecha y el principio del invierno. En esa noche, precisamente, el velo entre los vivos y los muertos se adelgaza y existen ritos de umbral. Se cree que los espíritus de los muertos regresan; el mundo sobrenatural pagano se vuelve presente en el mundo real.

El Samhain, al que en ningún momento se hace referencia en la película, se festeja el 31 de octubre y se considera el origen de la tradicional celebración de Halloween; Coogler retrasa la trama a mediados de ese mes para que la asociación no se haga evidente y no banalice su propuesta. Las canciones irlandesas en la película enmarcan los ritos vampíricos.

Vampiros con acento irlandés. Fuente: imdb.com

Porque los vampiros aparecen: la significación de los no-vivos tiene que ver con el sistema corruptor que aniquila las individualidades, que chupa la sangre de la pertenencia a una cultura y a una identidad. El enemigo verdadero de la comunidad negra no es, entonces, el hombre blanco. El hombre blanco es apenas el elemento portador, el agente patógeno que ya llega inoculado, infectado, no-vivo él también.

Los vampiros hacen un uso diferente del dinero: con el dinero se compran almas, ya no recursos. No es un medio sino un fin en sí mismo, que se reproduce en tanto devora individuos, los despersonaliza, los convierte en nuevos esclavos. Blancos y negros son igualmente víctimas; son cooptados, contaminados por un capitalismo deshumanizado, que proclama su falsa promesa de “fellowship and love”, aunque en última instancia todo pretende comprarlo. Precisa ser invitado, pero presionará, manipulará y amenazará para conseguirlo. No hay verdadera comunidad en la amistad sino en la muerte; no hay compañerismo sino consumo del otro, no hay otro valor que la apropiación: de las voluntades, de los cuerpos, de las canciones, de la música.

En esa clave se desarrolla la trama de terror sobrenatural que todo el tiempo puede leerse en código paralelo. La música, ese elemento fundante y fundamental de la cultura afro, es lo sublime, pero también el riesgo: “puede sanar a sus comunidades, pero también atrae el mal”. Hasta el final llegan los intentos de comprar almas: el blanco que, antes de ser acribillado, pretende conservar su vida pidiendo clemencia en términos comerciales: “tengo mucho dinero”. Sobre el cierre del film, con la aparición de una leyenda del blues como Buddy Guy encarnando al protagonista, aún vuelve el dorado del dinero a ensayar una última tentación. Los sinners, los pecadores, no son finalmente los que tocan música, los que “bailan con el demonio”, según la amonestación cristiana, sino los que sucumben a la avaricia a cambio de su humanidad.

Buddy Guy. Fuente: imdb.com

El Oscar a la banda sonora también es amplia e insólitamente merecido por el trabajo del sueco Ludwig Göransson.

Además de un guion concienzudo y fundamentado en una investigación rigurosa, en línea con el compromiso con su comunidad que Coogler ya ha mostrado en otras películas que dirigió, escribió o produjo, su dirección es preciosa y plástica, alternando sin prejuicios las proporciones de pantalla panorámica de casi 3:1 al estándar 1,4:1 en momentos de intensidad. La fotografía también amerita su estatuilla.

Sinners es una película singular, con niveles de profundidad adicionales a la trama de acción, suspenso y terror, que también puede disfrutarse sin contradicciones.

 

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