D.: Eva Husson
I.: Odessa Young, Josh O’Connor, Colin
Firth, Olivia Colman, Glenda Jackson
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| Fuente: imdb.com |
El camino recorrido por una mujer nacida en la indigencia hasta
convertirse en una escritora de éxito, en apariencia inexplicable, es la
historia del amor por la escritura para contar la propia historia.
Tres familias de la burguesía británica, en el entorno semirrural de
la campiña inglesa, están unidas desde siempre por la amistad y devastadas por
la desaparición de herederos, sacrificados al honor nacional en la Primera
Guerra. Las tres han perdido miembros varones y tratan de sobreponerse, a
fuerza de hipocresía, a la tragedia, a la falta de futuro, a la sensación de
final. Parece el universo de Faulkner trasladado a través del océano: también
aquí la guerra precipita a quienes la sufrieron en la decadencia y en la
autodestrucción.
Es la primavera de 1924, cuarto domingo de Cuaresma, tiempo de
recogimiento y reflexión para la grey cristiana. Es también el Domingo de las Madres,
que en el inicio de su celebración era un homenaje a la Virgen María, y que con
el correr de los tiempos y la mudanza de costumbres seculares devino el
tradicional festejo parental. Jane no es virgen ni es madre. Criada en un
orfanato, sirve como mucama en una de esas familias asoladas por la tristeza y
mantiene un romance clandestino con Paul, único vástago varón que ha
sobrevivido en otra. Amores prohibidos (tal el titulo con el que HBO presenta el filme en su plataforma), sin porvenir posible por las
diferencias sociales, que los demás miembros del clan sospechan pero nunca
mencionan, como aquello que se consiente pero de lo que no debe hablarse.
Este es el punto de partida sobre el que se articula esta delicadísima
obra, en la que la exquisitez plástica que reúne los distintos elementos no
resigna una sensibilidad profunda, lejos de la sensiblería.
La calidad compositiva convierte cualquier secuencia de la película en
casi una obra pictórica, y la directora Eva Husson saca el máximo provecho de
una fotografía deslumbrante y una dirección de arte que ha compuesto una paleta
de colores igualmente soberbia. La alternancia de planos abiertos y de detalle –nunca
gratuitos y cargados de múltiples significaciones–, las ambientaciones frías y
cálidas que se suceden o que conviven en un mismo plano, se complementan en una
narración sobre distintas líneas temporales que se va encastrando como un
mecanismo de precisión sin tornarse incomprensible en ningún momento. La banda
sonora, de un refinamiento extremo, es aplicada a la manera de pinceladas que
agregan tonalidades al todo como capas superpuestas.
La maestría narrativa enfatiza detalles de la trama: así, por ejemplo,
el vuelco e incendio del auto de Paul entre dos altos árboles, los hermanos
difuntos perdidos en la guerra. O la materialidad que toman las palabras
pronunciadas al ser escritas y convertirse en texto: “devices”, “lawyer”,“J”.
marcas que jalonan el camino de Jane hacia la escritura, junto a una innata predilección
por los libros, explorados en las grandes bibliotecas de las casas familiares.
También el código de colores que signa el vestuario de Jane: el tapado
de frío azul acero y la encendida boina roja, símbolos de moderación corporal y
deseo de la mente en el momento que conoce a Paul, se invierte en las
secuencias inicial (encuentro con Paul) y final (despedida de Donald) de su
periplo amoroso. Allí el rojo envolverá el cuerpo del apasionamiento y el azul acero
coronará la contención necesaria de los sentimientos para mantener las
apariencias y seguir adelante. Durante el resto de la vida de Jane ambos
colores se confundirán en su atuendo. Colores emblemáticos, que también jugarán
sobre la contrafigura de Jane, Emma.
Cuando Jane despide a Milly en la estación y sigue sola su camino
hacia Paul se descubre, liberando la cabellera: la plenitud se emancipa. Esa
libertad se hace más intensa luego en el desvestimiento de los cuerpos. Y
estalla cuando Jane queda sola y recorre, desnuda, la casa de su amante. En
esos ambientes con reminiscencias victorianas y cargados de agobio y amargura,
la desnudez de Jane es irreverente y disruptiva, pero también ilumina y
resplandece en ese mundo de objetos y recuerdos muertos. La manera en que está
expresado en términos visuales lo convierte en el momento más potente de la
película.
Las actuaciones, de una tensión contenida que acentúa la intensidad de
los sentimientos y que apenas se permite, en los momentos de máximo sufrimiento,
una mínima expresión de rabia, también son un alarde de interpretación. Todos los
elementos de la película armonizan como en una sinfonía.
Basada en la novela homónima de Graham Swift, todo lo que resta es
verla. En caso de seguir leyendo, deberían ser los imaginarios libros de Jane.
