D: Damien Chazelle
I: Brad Pitt, Margot Robbie,
Diego Calva
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| Fuente: imdb.com |
Es necesario
anticipar que la película dura más de
tres horas: harán falta tiempo y disposición. Aunque también, valga la
aclaración, las expectativas no serán defraudadas.
Especialmente
quienes tengan interés en el cine –y no sólo en su historia sino también en la evolución
de las formas de producirlo industrialmente– encontrarán una obra que, a través
de sus personajes principales (un actor consagrado, una starlet surgida de la miseria profunda y un inmigrante mexicano que
aspira a trabajar en los estudios) todo lo muestra, todo lo expone, sin caer en
explicaciones tediosas. Allí están la precariedad inicial de los rodajes en
exteriores (que por su carácter silente permitían la simultaneidad de varios en
un espacio común), la lucha a cualquier costo por triunfar, el desenfreno de
los años locos, las excentricidades y perversiones de Hollywood como zona liberada, las diferencias sociales
y raciales, el pasaje al cine sonoro, la retracción posterior al crack de 1929,
los cambios en la moralidad del Código
Hays que clausuró la sexualidad. Pero a nada de ello se lo nombra: funciona
como telón de fondo de la historia que se cuenta.
No es un
filme pretencioso, pero apunta a la monumentalidad, porque es un homenaje al
Hollywood apoteótico y al cine universal. Se inicia con una referencia insoslayable
al episodio babilónico de la Intolerancia
de D. W. Griffith: el acarreo de un elefante. Sólo que, en clave fellinesca, ha
sido solicitado para una fiesta privada orgiástica.
Si bien ya casi ningún movimiento de cámara parece imposible con los dispositivos disponibles en la actualidad, no dejan de sorprender los viajes que progresan desde primeros planos a generales cenitales, para resolverse luego en un acercamiento de detalle y abrir de nuevo a uno de conjunto, embebido en una coreografía de multitudes que recuerda a Scorsese, a Coppola y a otros cultores del travelling. En el preciosismo de algunos se nota la huella del Moulin Rouge de Luhrmann, y en el vértigo de otros podría verse la más remota del Napoleón de Abel Gance. En definitiva, las referencias a modo de homenaje casi explícitas son tantas y de índole tan variada que conspiran contra la afirmación de un lenguaje personal del director.
Algunas críticas sugieren que el exceso de drogas y sexo es una exageración, pero repasando crónicas de la época o bien los libros de Kenneth Anger, titulados precisamente Hollywood Babylon I y II, queda claro que el tratamiento no es hiperbólico. Si bien no todo lo que cuenta debe ser tomado como oro de buena ley, y que saca partido de los chismorreos malintencionados y del sensacionalismo más amarillo, lo real es que, nacido en Los Ángeles en 1927, hijo de actores e introducido a los 5 años en el cine de Hollywood como actor infantil, Anger conoció de primera mano protagonistas y relatos. Por sobrecargadas que estuvieran las tintas, por más que muchas de sus afirmaciones se basaran en lo escuchado y murmurado en camarines, la mayoría de las historias escabrosas que cuenta son, salvando algunos detalles, reales. Y lo cierto es que el cine de Hollywood en sus dos primeras décadas fue una auténtica orgía perpetua, salpicada de suicidios, asesinatos y muertes violentas, en tanto atraía, al decir de Anger, "gangsters de poca monta, contrabandistas, apostadores, tramposos, chantajistas, vagabundos, pequeños y grandes extorsionadores, todo tipo de pervertidos sexuales, especuladores, ocultistas «tocados», astrólogos del dólar, falsos médiums y evangelizadores, curanderos de pacotilla, echadores de cartas y parásitos psicoanalistas, todos los cuales revoloteaban alrededor del círculo de los elegidos". La película, en ese sentido, es fidedigna: el episodio que clausura el libertinaje dentro y fuera de la pantalla, la muerte nunca del todo esclarecida de una aspirante a actriz a manos de Fatty Arbuckle, el cómico más popular y mejor pagado de la época, está representada en la chica cuya muerte por sobredosis posibilita el ascenso de Nellie LaRoy, encarnada por Margot Robbie.
Los personajes protagónicos son ficticios, aunque el de Margot Robbie pareciera abrevar en circunstancias de la vida de Clara Bow y el de Brad Pitt en la de John Gilbert, superestrellas del cine mudo que transicionaron malogradamente al sonoro. La ficción se entremezcla con la vida real en las figuras del productor Irving Thalberg, el multimillonario Hearst o la actriz (y amante de Hearst) Marion Davies.
Chazelle es
un director que rinde culto a la historia cinematográfica y, se deja ver, un
estudioso apasionado. Ya lo había demostrado en su impactante La La Land, en donde construye algo así
como un contramusical, siguiendo
todas las reglas del género pero aplicadas a un drama de la vida real, no edulcorado
y carente de un happy end. Aquí vuelve
a impresionarnos revelando detalles técnicos de las primitivas filmaciones, en
donde era todo un poco salvaje, y en las cuales no toda la violencia que
mostraba la pantalla era ficticia, por error u omisión. Era un mundo de sálvese quién pueda, en donde se hacía
todo lo que fuera por llegar y al que no todos concurrían aspirando necesariamente
al estrellato: los ejércitos de extras indigentes llegaban tan sólo por un
mendrugo de pan diario. La industria es mostrada como una moledora implacable
de éxitos, despreocupada del destrozo que causan sus exigencias en los más
indefensos.
Quizá por ser
tan abarcativa, por profundizar tanto en el comentario social como en el desarrollo
artístico y técnico, en el fresco
colosal de tintes épicos, en el sinnúmero de guiños al espectador sobre la
historia del cine –además de sostener con eficacia una intriga que evoluciona
con los personajes, quienes cruzan sus caminos en un entramado bien ajustado–,
la película pueda merecer valoraciones diversas, de dispersión o
descomposición. Quizá aligerar, especialmente la segunda mitad, hubiera
sacrificado brillo y matices, cambiándolos por contundencia. Pero para quienes
quieran disfrutar de un guión sólido y un diálogo múltiple con películas
icónicas del cine, la película es perfecta.
Brad Pitt se
luce en una composición compleja, que oscila entre una superficialidad vana y
aspiraciones artísticas de mayor hondura. Tanto Margot Robbie como Diego Calva
entregan interpretaciones espléndidas. Y en general, es en la solidez de todas las
actuaciones en donde se encarna la humanidad de personajes entrañables.
