D: Chloé Zao
I: Jessie Buckley,
Paul Mescal, Jacobi Jupe
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| Fuente: imdb.com |
Antes de arrancar: Hamnet no es una película
biográfica sobre Shakespeare y su familia. Es más: el retrato de Shakespeare
posiblemente no tenga nada que ver con el individuo histórico. Nada, en la
escasa (y débil) noticia biográfica existente sobre el bardo, sugiere ese
carácter ni esa relación hogareña.
Y es que el Shakespeare histórico parece estar hecho “de
la misma materia que los sueños”, parafraseando a su Próspero de La tempestad.
Es tan poco y tan equívoco lo documentado que su vida parece igual de
evanescente que muchos pasajes de sus obras. Y por lo tanto se presta, como un
elemento más de su arte, a todo tipo de inventivas y fantasías, entreveradas
con sus creaciones.
Es cierto que su esposa se llamaba Anne o Agnes, que
tuvo tres hijos y que el varón, Hamnet, murió a la edad de once años. Es casi
todo lo que se puede afirmar que hay de fidedigno en la película,
junto al hecho de que interpretó al Espectro del rey muerto en la
representación de su Hamlet.
Ante semejante vacío de información, ¿cómo resistirse a la tentación de imaginar el motivo por el cual dotó al protagonista de su obra máxima con el nombre de su hijo muerto? (Hamnet y Hamlet se usaban indistintamente como variantes de un mismo nombre en la época, como veremos luego.)
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Es una pregunta que ha intrigado a los estudiosos de
su obra desde siempre (cabe aclarar que también se ha cuestionado la autoría de
sus piezas –en una época en que los derechos de creación no existían, y en el
teatro menos todavía). Inclusive hasta James Joyce, en el episodio 9 de su Ulysses,
pone en boca de Stephen Dedalus su sentencia lapidaria: en el escenario, es
Shakespeare “diciendo sus propias palabras al nombre de
su propio hijo”. Otras autoridades en la materia, y fuera de la ficción, como
Harold Bloom, lo respaldan: “Shakespeare, haciendo el papel del Espectro en
1601, se dirige a lo que tal vez esperaba que hubiera sido su propio hijo
Hamnet al borde de la madurez”.
Lo
que pareciera seguro es que Maggie O’Farrell, la autora de la novela en la que
se basa la película, reparó en aquel juicio de Joyce. Y como respecto a
Shakespeare todo es niebla, imaginó, con total libertad, una historia
maravillosa.
No
existió en Shakespeare la voluntad de asignar el nombre a su personaje en
homenaje a su hijo. De hecho, el argumento de Hamlet, como los de todas
las obras de Shakespeare, no es original. Está tomado de la saga danesa de
Amleth, de la temprana Edad Media, transcripta por Saxo Grammaticus en el siglo
X. Como supone Bloom, posiblemente el hijo se llamó así por el amigo de
Shakespeare, Hamnet o Hamlet Sadler: “todos los Hamnet o Hamlet se llamaban así
en última instancia por el legendario Amleth, como el libresco joven
Shakespeare debía saber”.
Un
autor francés, François de Belleforest, había rescatado la leyenda de Amleth en
1572, cuando Shakespeare tenía apenas ocho años. Y hay una versión temprana en
teatro que se ha perdido, y que los estudiosos denominan Ur-Hamlet,
escrita alrededor de 1588, cuando el pequeño Hamnet tenía cuatro años, en los
llamados años perdidos de Shakespeare, ya que no hay rastros de dónde
estuvo ni por qué se trasladó a Londres. La autoría del Ur-Hamlet está
disputada entre quienes dicen que le pertenece y quienes dicen que no.
La versión que nosotros conocemos de Hamlet es de 1601. Para entonces, Hamnet Shakespeare llevaba cuatro años muerto.
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Todo lo anterior para poder hablar con propiedad de Hamnet, que se propone crear una historia propia, en la Inglaterra rural del siglo XVI, donde imagina que todavía resistían relaciones ancestrales de unión con la naturaleza; sin creencias sobrenaturales. Esa es la esencia de Agnes: saberes transmitidos de un animismo primal, hecho de fórmulas propiciatorias dirigidas a los elementos –animales, plantas y minerales–, no a dioses.
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Ese
ambiente feérico, de magia natural, se cruza con el proto espíritu renacentista
de Shakespeare, equivalente en su escepticismo religioso, en su lazo férreo con
la vida y sus condiciones.
El
resultado es una historia fascinante de amor, de vida y de muerte en su más
descarnada plenitud.
La directora Chloé Zao, que coescribió con la propia O’Farrell el guion, supo traducir la idea en imágenes que dan cuenta, a un tiempo, de un mundo real y surreal, donde todo está conectado al nivel de la materia: lo visible y lo invisible, lo azaroso y lo lógico, lo lúdico y lo trágico.
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Las
imágenes son de una belleza delicada, sin estridencias, y la directora maneja
los encuadres y la cámara con una soltura solvente y silenciosa. El nervio de
la edición sostiene con mano firme momentos de tremenda intensidad, de los que consigue
el mejor resultado.
La actuación de la protagonista, Jessie Buckley, es sólida con creces en todos sus registros, y carga sobre sí los momentos más conmovedores dotándolos de una verosimilitud difícil de alcanzar. Paul Mescal compone con firmeza e inspiración la humanidad de su personaje. Las actuaciones son de pareja concentración, y las de los niños, especialmente de Jacobi Jupe, son directamente pasmosas.
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La fotografía y la banda sonora colaboran a una
composición poética de altísimo vuelo.
Lejos de productos que abrevan en el prestigio
reconocido de una figura histórica como reaseguro de taquilla, Hamnet es
un cuento singular, en el que los nombres célebres invocados son casi un
accidente, o quizá, en todo caso, no la causa sino el resultado de un
encantamiento que los antecede y los sobrevive.
Si van a verla, olvídense de Shakespeare. Disfruten de
Hamnet.





