D.: Yorgos Lanthimos
I.: Emma Stone, Willem Dafoe, Mark Ruffalo.
La alegoría para intentar mostrar de manera objetiva y creativa el
desarrollo de una personalidad humana en un ambiente de laboratorio, lejos de influencias
de derechas e izquierdas, de conservadurismos y progresismos que tironean su
evolución hasta deformarla, encuentra un canal fantástico en la novela homónima
de Alasdair Gray.
Lanthimos tomó ese material precioso como trampolín para la construcción
de un mundo cinematográfico babilónico y fascinante. La historia de Gray es lo
suficientemente potente por sí sola para disparar una fiesta de fuegos
artificiales, pero alguien tenía que encenderlos.
La historia hace referencia obvia a la trama de Frankenstein clásica, pero
las inversiones son la base de lanzamiento de un festival de preguntas que
ponen en tensión lo conocido. Para empezar, la imagen monstruosa no corresponde
a la criatura, sino a su creador. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Quién es el
verdadero monstruo, sino el que creó vida artificialmente? Por lo tanto, el
doctor Godwin Baxter, encarnado por Willem Dafoe, es quien presenta un rostro
deforme, surcado de cicatrices.
En segundo lugar, la criatura no es horrorosa. Bella Baxter, en la piel
de Emma Stone, hace honor a su nombre y la fotografía resalta su hermosura. No
presenta más alteraciones que dos cicatrices, en lugares poco visibles de su
cuerpo: el vientre y la parte baja de la nuca, en donde la oculta la cabellera.
Y es que (en tercer lugar) el experimento amoral del doctor Baxter
consistió en implantarle el cerebro de un nonato.
Desde este punto de partida, la película explota en sugestiones e
imaginerías. Sería ocioso (y cansador) describir el viaje iniciático de Bella descubriendo
el mundo y a sí misma, así como las reflexiones sobre la ciencia, la vigencia de
lastres victorianos tan vivos hoy como en el siglo XIX y la especulación
abierta sobre en qué consiste un mundo más justo y mejor.
Muchas críticas han pecado de pacatería express, evidenciando el desagrado
que les produce la libertad sexual del personaje de Bella. Es necesario
recordar que el conflicto en la novela nativa del monstruo vuelto a la vida, la
Frankenstein de Mary Shelley, es
precisamente la necesidad sexual reclamada por la criatura a su creador.
Necesidad netamente instintiva, primitiva, expresión de una fuerza vital en
estado puro, en contraposición con la debilidad del científico, que vive de
desmayo en desmayo y mantiene un amor blanco con su prometida. En la época en
que fue escrita estaba dando comienzo la era victoriana en Inglaterra, y por
tanto el rechazo a una sexualidad expuesta provocó un escándalo similar.
Pero, en todo caso, estas son limitaciones que no permiten ver en la
parábola lo que en definitiva quiere mostrar; prejuicios que no permiten
disfrutar de la metáfora y condenan a sus padecientes a la literalidad.
La sexualidad, al igual que la monstruosidad, sólo son excusas que
permiten desenmascarar en qué mundo habitamos y cuántos corsés aprieta el
tradicionalismo, tantos como clichés son manipulados por supuestos libertarismos
(que no deben ser confundidos con paradigmas libertarios en boga, que de
libertarios no tienen nada).
También se ha caracterizado a la película como alegato feminista. Pero es
dable interpretar que la inversión de género de la criatura sólo enfatiza como una lente de aumento las dificultades que encuentra cualquier ser humano en la
libre expresión y formación de su humanidad, con las múltiples zancadillas que
presentan la educación, las convenciones y la hipocresía de una sociedad regida
por la posesividad patriarcal fundada en el dinero (el abogado Duncan
Wedderburn encarnado por Mark Ruffalo) y la violencia sádica (el general Alfie
Blessington a cargo de Christopher Abbott).
Por lo demás, visualmente fascinante (sería tedioso también enumerar las
destrezas en el tratamiento de encuadres, lentes y colores, así como de
escenografías y criaturas fantasiosas de un mundo distópico, inubicable en
coordenadas de tiempo precisas; de decorados y vestuario), con un soberbio
apoyo de la banda sonora y una actuación sobresaliente de Emma Stone, que
además prácticamente monopoliza las casi dos horas y media de la película, y
que fluctúa con naturalidad entre la caricatura que exige el componente
paródico del film y el retrato profundamente humano requerido por su inflexión
dramática, al tiempo que articula el desarrollo desde el nacimiento a la
adultez en una apretada síntesis de gran exigencia interpretativa, pero también
física.
No extrañaría que se lleve el Oscar por su interpretación. Posiblemente algunos
más coseche la película, de los once a los que está nominada, a menos que el
sentido gazmoño triunfe y la cancele por “atrevida”. En todo caso, los Oscar,
está visto, no son la medida de otro éxito que no sea el de taquilla asegurada.
Es destacable también la oportunidad de volver a ver en un papel pequeño
pero intenso a Hannah Schygulla, la inolvidable Lili Marleen y Maria Braun
de Fassbinder.
