lunes, 29 de enero de 2024

Poor things (2023)

D.: Yorgos Lanthimos

I.: Emma Stone, Willem Dafoe, Mark Ruffalo.



La alegoría para intentar mostrar de manera objetiva y creativa el desarrollo de una personalidad humana en un ambiente de laboratorio, lejos de influencias de derechas e izquierdas, de conservadurismos y progresismos que tironean su evolución hasta deformarla, encuentra un canal fantástico en la novela homónima de Alasdair Gray.

Lanthimos tomó ese material precioso como trampolín para la construcción de un mundo cinematográfico babilónico y fascinante. La historia de Gray es lo suficientemente potente por sí sola para disparar una fiesta de fuegos artificiales, pero alguien tenía que encenderlos.

La historia hace referencia obvia a la trama de Frankenstein clásica, pero las inversiones son la base de lanzamiento de un festival de preguntas que ponen en tensión lo conocido. Para empezar, la imagen monstruosa no corresponde a la criatura, sino a su creador. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Quién es el verdadero monstruo, sino el que creó vida artificialmente? Por lo tanto, el doctor Godwin Baxter, encarnado por Willem Dafoe, es quien presenta un rostro deforme, surcado de cicatrices.

En segundo lugar, la criatura no es horrorosa. Bella Baxter, en la piel de Emma Stone, hace honor a su nombre y la fotografía resalta su hermosura. No presenta más alteraciones que dos cicatrices, en lugares poco visibles de su cuerpo: el vientre y la parte baja de la nuca, en donde la oculta la cabellera.

Y es que (en tercer lugar) el experimento amoral del doctor Baxter consistió en implantarle el cerebro de un nonato.

Desde este punto de partida, la película explota en sugestiones e imaginerías. Sería ocioso (y cansador) describir el viaje iniciático de Bella descubriendo el mundo y a sí misma, así como las reflexiones sobre la ciencia, la vigencia de lastres victorianos tan vivos hoy como en el siglo XIX y la especulación abierta sobre en qué consiste un mundo más justo y mejor.

Muchas críticas han pecado de pacatería express, evidenciando el desagrado que les produce la libertad sexual del personaje de Bella. Es necesario recordar que el conflicto en la novela nativa del monstruo vuelto a la vida, la Frankenstein de Mary Shelley, es precisamente la necesidad sexual reclamada por la criatura a su creador. Necesidad netamente instintiva, primitiva, expresión de una fuerza vital en estado puro, en contraposición con la debilidad del científico, que vive de desmayo en desmayo y mantiene un amor blanco con su prometida. En la época en que fue escrita estaba dando comienzo la era victoriana en Inglaterra, y por tanto el rechazo a una sexualidad expuesta provocó un escándalo similar.

Pero, en todo caso, estas son limitaciones que no permiten ver en la parábola lo que en definitiva quiere mostrar; prejuicios que no permiten disfrutar de la metáfora y condenan a sus padecientes a la literalidad.

La sexualidad, al igual que la monstruosidad, sólo son excusas que permiten desenmascarar en qué mundo habitamos y cuántos corsés aprieta el tradicionalismo, tantos como clichés son manipulados por supuestos libertarismos (que no deben ser confundidos con paradigmas libertarios en boga, que de libertarios no tienen nada).

También se ha caracterizado a la película como alegato feminista. Pero es dable interpretar que la inversión de género de la criatura sólo enfatiza como una lente de aumento las dificultades que encuentra cualquier ser humano en la libre expresión y formación de su humanidad, con las múltiples zancadillas que presentan la educación, las convenciones y la hipocresía de una sociedad regida por la posesividad patriarcal fundada en el dinero (el abogado Duncan Wedderburn encarnado por Mark Ruffalo) y la violencia sádica (el general Alfie Blessington a cargo de Christopher Abbott).

Por lo demás, visualmente fascinante (sería tedioso también enumerar las destrezas en el tratamiento de encuadres, lentes y colores, así como de escenografías y criaturas fantasiosas de un mundo distópico, inubicable en coordenadas de tiempo precisas; de decorados y vestuario), con un soberbio apoyo de la banda sonora y una actuación sobresaliente de Emma Stone, que además prácticamente monopoliza las casi dos horas y media de la película, y que fluctúa con naturalidad entre la caricatura que exige el componente paródico del film y el retrato profundamente humano requerido por su inflexión dramática, al tiempo que articula el desarrollo desde el nacimiento a la adultez en una apretada síntesis de gran exigencia interpretativa, pero también física.

No extrañaría que se lleve el Oscar por su interpretación. Posiblemente algunos más coseche la película, de los once a los que está nominada, a menos que el sentido gazmoño triunfe y la cancele por “atrevida”. En todo caso, los Oscar, está visto, no son la medida de otro éxito que no sea el de taquilla asegurada.

Es destacable también la oportunidad de volver a ver en un papel pequeño pero intenso a Hannah Schygulla, la inolvidable Lili Marleen y Maria Braun de Fassbinder.

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