jueves, 14 de noviembre de 2024

El jockey (2024) / The substance (2024)

 D: Luis Ortega (El jockey) / Coralie Fargeat (The substance)

I: Nahuel Pérez Biscayart, Úrsula Corberó, Roberto Carnaghi (El jockey) / Demi Moore, Margaret Qualley, Dennis Quaid (The substance)


Por esas cosas del destino, en la cartelera de Buenos Aires se estrenaron casi simultáneamente la local El jockey y la hollywoodense The substance. Inclusive, compartieron programa en salas de un mismo cine.

Es difícil concebir propuestas artísticas más antitéticas. Mientras en El jockey el preciosismo de las imágenes y una trama surrealista, poblada de símbolos, están signados por la ambigüedad entre lo experimentado y lo onírico, The substance se atiene a un guión lineal, parte de una problemática concreta y la intriga se introduce por medio de un elemento de ciencia ficción. Desde el inicio, El jockey presenta un mundo absurdo, tanto en la mirada irónica de sus creadores como en la representación de las percepciones alteradas por una combinación de adicciones, fármacos y shocks emocionales. The substance inicia su desarrollo desde una realidad sólidamente establecida: el envejecimiento de las personas en un medio en donde la juventud representa el valor hegemónico.

Estéticamente, The substance se atiene rigurosamente a los manuales de género de Hollywood y los cumple a rajatabla. Cada escena contiene lo necesario para hacer progresar la narración de manera eficiente. El jockey plantea la disrupción permanente con lo cotidiano, la introducción de elementos inesperados o disparatados, la sorpresa, la lectura múltiple de un mundo puesto en cuestión.

A pesar de sus diferencias, El jockey y The substance formulan la misma pregunta: quién es uno mismo. En el caso de El jockey, el protagonista se desdobla en lo psicológico, oscilando entre dos identificaciones; en The substance la duplicación es física. Pero mientras en El jockey esa dualidad deviene irresoluble, al extremo de que finalmente nadie sabe realmente quién es, en The substance prevalece la empecinada afirmación de la individualidad sobre el conflicto entre sus distintas encarnaciones por la usurpación del yo dominante.

No estaríamos muy desencaminados si percibiéramos ciertas indefiniciones del sujeto argentino (o latinoamericano) en una, y la confianza rotunda en la propia identidad del estadounidense en la otra. Por un lado, la eterna duda acerca del ser nacional, el cuestionamiento de quiénes somos y adónde vamos. Por otro, la convicción en el destino manifiesto, la solidez (hasta la estolidez) de una identidad cultural, independientemente de sus valores y sus disvalores.

En consecuencia, no pueden extrañar los resultados de una y otra películas en términos de contundencia. El jockey, después de una pirotecnia narrativa que juega a sorprender al espectador, a sacarlo de su zona de confort y obligarlo a situarse en un punto de vista dislocado, cerca del desenlace traslada las dudas de su protagonista a la resolución misma del relato. La historia empieza a sobrecargarse con reflexiones filosóficas y mensajes innecesariamente explícitos, como si desde la realización no confiaran en la energía de los símbolos sembrados. Como si se inclinaran por algún grado de seriedad para estabilizar y preservar la obra de arte. La solemnidad de cierta corrección política debilita la propuesta. La potencia del mensaje deviene moraleja, o moralina. El protagonista se malogra por medio de una reencarnación simbólica que lo evapora de la cinta y de nuestras vidas. Así, por un escrúpulo de cine serio, el final resulta artificioso y ajeno a la frescura del planteamiento inicial.

Por el contrario, The substance, que ha comenzado como una reflexión social y se ha desplazado al suspenso de ciencia ficción, a la hora de resolver el plot no tiene complejos y arremete pisando el acelerador, desembocando en la mejor tradición del cine gore sin otro rubor que el de la sangre que corre a torrentes. No se considera salvaguardar ninguna obra de arte, porque lo que se ha planteado desde el principio es un producto comercial. Por lo tanto, si la historia nos ha llevado hasta aquí a fuerza de golpes bajos, sigamos el camino hasta el final sin medias tintas ni temor al ridículo. If we were going to do it, let's do it. La película acaba con un regadero de sangre y vísceras en donde patinan protagonistas, personajes secundarios, extras, hasta técnicos y por poco uno mismo como espectador.

La diferencia en la efectividad de la factura que se señala no alude en lo más mínimo al valor artístico de cada película. En El jockey se disfruta cada fotograma; la banda de sonido, la fotografía y las actuaciones descollan por su belleza, por su imprevisibilidad, por su ternura, por su imaginación. The substance ejecuta una fórmula comprobada por el márketing con la solidez de quien sabe qué está vendiendo y cuál es su target, apalancada en una observación sobre valores de nuestro tiempo que no deja de ser interesante.

Inesperadamente, las dos películas, puestas en cotejo, hablan más de nosotros de lo que hubiéramos deseado. Y también de la vigorosa y recia arremetida de las ultraderechas, así en el norte como en el sur, estrafalarias y groseras pero seguras de sí, en contraste con las confusas y vacilantes respuestas de los desorientados sectores progresistas, de modo similar allí y acá.


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