D: Emerald Fennell
I: Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau
| Fuente: imdb.com |
Como sirenas
seduciendo a Ulises, ciertos temas clásicos tientan con la irresistible
atracción de su canto, al riesgo de naufragar en el intento y ser devorado.
Para el cine
(británico especialmente, aunque hasta Buñuel se animó a su propia versión)
parece haber sido un reto permanente este monumento literario del romanticismo
inglés.
¿Cómo
resistirse, entonces, a la célebre novela de Emily Brontë? La trama es
irrompible, perfecta, de una potencia y una originalidad desaforadas.
El problema
es estar a la altura.
Hay dos
ópticas para acercarse a esta película: teniendo en cuenta a la novela o no.
Partiendo de
que se trata de una versión libre, que puede echar mano de todas las licencias
habidas –e incluso transgredir sin licencias ni pudores–, no hay problemas en
considerarla una obra autónoma, que comienza y termina en sí misma. En ese
caso, se puede hablar de una película romántica al modo de las producciones de
plataformas de contenido, con ese formato actual de las siempre rentables soap
opera, en las que el drama se estiliza con una estética publicitaria,
condimentada con dosis convenientemente explícitas de erotismo.
El resultado,
de cualquier modo, será entretenido porque, ya se ha dicho, la contundencia narrativa
de la historia es a prueba de balas.
Otra cosa es
si se tiene la obra de Emily Brontë en mente, porque esta versión
cinematográfica malogra todo lo que hay de poderoso en ella.
Wuthering
Heights no
sólo retrata la decadencia de ciertas clases sociales tradicionales y el
ascenso de otras sin linaje en el marco del pujante capitalismo inglés de la
primera mitad del siglo XIX: es también un abismo sin fondo en donde todas las
pasiones –el amor, el odio, el resentimiento, la violencia, la furia, la
crueldad, la brutalidad y la ternura– se precipitan hacia la más completa
autodestrucción, como una hoguera que se consume a sí misma hasta reducirse a
cenizas.
En la novela, el clima y el paisaje salvajes son
quizá el personaje protagónico. Son ese clima y ese paisaje despiadados los que
tallan a los demás personajes y determinan las relaciones sociales; allí la violencia
es el recurso para imponerse a la hostilidad de los elementos. Es un desafío
para cualquier realizador, pero en esta versión la directora nunca consigue superar
la instancia decorativa. Los planos logran con frecuencia una belleza impactante
que no se traduce en carácter ni da el ambiente turbulento de la relación, para
la que clima y paisaje son causa y efecto. Sobre todo, porque tienen sonido
propio, o deberían tenerlo. La banda sonora no lo contempla, y les echa
redondamente encima la colcha de canciones y músicas que ahogan toda voz
natural.
Luego está el
tema de los protagonistas, Cathy y Heathcliff.
La película
parece querer ponerse a cubierto de cierta acusación de toxicidad, en los
términos en que se concibe el concepto actualmente: el bolero Algo contigo
de Chico Novarro, para los parámetros de hoy, estaría describiendo el
comportamiento de un tóxico al borde de la esquizofrenia. Cuando se lo
escribió, claro, se entendía otra cosa. Pero para los tiempos que corren la
grieta es una institución; y un encajetado hasta la maceta, automáticamente un obseso
paranoide.
Para esquivar
el conflicto, el guión aliviana y dulcifica a los personajes, les carga una
sensibilidad más políticamente correcta. Y el caso es que la novela de Brontë,
si se la juzga con los estándares en boga, no describe una relación tóxica,
sino ultratóxica, porque es bidireccional: no se sabe quién de los dos es peor.
No son personajes amables ni queribles: resultan odiosos, hasta despreciables
en muchos momentos. Pero eso es lo que les confiere más humanidad, y hace más
real la mezcla fuera de toda medida de amor y odio que los ata.
En cambio, Margot Robbie y Jacob Elordi pueden armonizar (y, con la belleza de ambos realimentándose, vender entradas), pero, pese a todos sus esfuerzos, no alcanzan ni de lejos las cotas de intensidad que requiere el texto, aunque sí fotografían espléndido, especialmente en las escenas amorosas. No se trata tanto de que las actuaciones flaqueen: es la visión de lo que pretende la directora la que las hace recaer en clichés y estereotipos.
La puesta en
época también es víctima de tendencias actuales al estilo Bridgerton, en
donde estéticas visuales y sonoras tienden a la ubicuidad y a propiciar un
no-tiempo. Es un recurso novedoso hasta que se gasta; y sobre todo es un
recurso cuando tiene un porqué –y quizá este sea no sea el caso.
En resumen,
la reseñada se suma a la larga lista de intentos con los que el cine y la
televisión buscaron plasmar en la pantalla el espíritu infernal de la novela de
Brontë. Hay que decir en su descargo que muy pocas siquiera se aproximaron al
objetivo.
Muy buena reseña de un clásico llevado a la pantalla con sus vaivenes propios de una obra complicada
ResponderEliminarEfectivamente, es una obra muy difícil, porque en su forma textual encontró su expresión casi perfecta. La intención de la directora parece determinada, no que apunte a un producto meramente comercial, pero en mi opinión el desafío la ha excedido.
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