D: Lynne Ramsay
I: Jennifer Lawrence, Robert Pattinson, Sissy Spacek, Nick Nolte.
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| Fuente: imdb.com |
Cuando una
película provoca críticas tan desmesuradamente dispares, es porque algo hay. Cierto
nivel de desconcierto matiza a partes iguales amores y odios.
Lo que la
película de Lynne Ramsay recupera centralmente de la novela de Ariana Harwicz
es la inasibilidad de su escritura. Y en esos términos se independiza, aún cuando el
discurrir del filme asuma rigurosamente la linealidad del relato escrito.
La obra
de Harwicz sobre el aburrimiento en la angustia aplastante de una vida de noria;
el desasosiego intrascendente de cada día (Hannah Arendt podría haber hablado de
la banalidad de la desesperación) escapa todo el tiempo de referencias; no
hay nombres propios (ni para personajes, ni para lugares, ni para momentos) y es el
monólogo interior de una primera persona que se desquicia progresivamente. Por el contrario, la película está situada, con personajes que tienen nombre pero no
reflexionan ni meditan, ni parecen moverse más que por impulsos. Así, el filme
calca una trama que es en sí misma un océano de significaciones, y al mismo
tiempo edifica su propio universo. La polisemia del texto original se dispara y
distorsiona. La multiplicidad de sentidos haría las delicias de Barthes y Eco.
Para muestra basta un botón: existe una considerable distancia entre el Matate, amor del título literario, y el Die my love del cinematográfico, de intenciones y poética muy diferentes. ¿Kill yourself hubiera sido más
fidedigno? Arduo de decidir, vista la igualmente remota relación del original
con el Mátate, amor que se eligió para título latino del filme: cualquier
argentino conoce el significado, bastante lejos de la literalidad, que
entraña la expresión matate en el habla coloquial local.
En su propia
constelación de señales y símbolos de lectura difusa la película se va armando
con una mezcla de sensorialidad e interioridad, sin instrucciones
ni códigos. Si esto es lo que se espera cuando se va al cine, esta es la película.
La dirección
es sobria, sigue a los personajes y cuenta lo que tiene que contar. Hay un
predominio de colores fríos pero sin énfasis ni saturación, apenas dando un
toque a los ambientes que aprisionan la pasión protagónica, y la banda de
sonido sirve a la inquietud exasperada de la trama.
Los papeles
son exigentes, especialmente para Lawrence, que compone con acierto el querer
ser sin saber bien qué de su personaje. Con economía de recursos, Pattinson dota al suyo de una sorprendente complejidad. La inclusión de Sissy Spacek,
eterna referencia de su Carrie con final de fuego, quizá no sea inocente
en esta película sobre una conciencia en llamas; en
todo caso, el sonambulismo de su personaje alude al lado salvaje y a la intranquilidad que dormitan,
como brasas bajo la ceniza, aún en los espíritus más domesticados.
Die my love es una película dirigida con mano segura para ejecutar una idea clara. Trazar paralelos con la novela puede ser un ejercicio lúdico hasta cierto punto, pero inevitablemente necesita ser abordada como obra autónoma, que dibuja caminos propios para fugar hacia su bosque mental incandescente.

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