I: Christian
Bale, Margot Robbie, John David Washington.
| Washington, Robbie y Bale Fuente: imdb.com |
La película se inicia de un modo bizarro: en un consultorio miserable del New York de 1933, un protocirujano plástico intenta con medios indigentes restituir apariencias humanas a cuerpos de veteranos mutilados por la Primera Guerra. El médico mismo, Burt Berendsen, padece una condición similar: en los campos de batalla de Bélgica dejó su ojo derecho (que ahora reemplaza con una prótesis de vidrio) y buena parte de su salud. A cambio adquirió todo tipo de cicatrices que desfiguraron su rostro y su cuerpo, y un arnés que sostiene la ruina de su espalda.
Ese mundo de deformidad se
multiplica a su paso en las secuencias siguientes, y se traslada de los cuerpos
de los veteranos a una sociedad desarticulada por las secuelas de esa guerra
atroz, la amenaza de la Gran Depresión y las transformaciones que se operan en
el mundo, que ya incuba, en las mentes de los poderosos, las soluciones
totalitarias que tendrán la plenitud de su expresión en aquella década.
Amsterdam narra la pesadilla de
la primera mitad del siglo XX, en el parteaguas de las dos grandes contiendas
mundiales y el hundimiento en la Gran Crisis, en donde la amenaza del fascismo
asomó también en Estados Unidos como una posibilidad concreta. Su intriga
se inspira en parte en hechos reales sobre los que se monta una ficción
sólidamente construida.
El director Donald Russell
también escribió la historia, y demuestra un ejercicio diestro de la narración,
creando un clima poderosamente sensible y misterioso al mismo tiempo. La dirección
de arte y la fotografía crean un retrato maravilloso del New York de
entreguerras, y todos los aspectos de la realización están cuidadosamente
tratados para entregar un producto redondo. Christian Bale despliega sus mejores recursos como actor. Margot Robbie, para quien las películas pasan pero la
belleza permanece, también se muestra convincente en su personaje. Pero no son
excepciones: todas las actuaciones resultan sólidas. Entre la parodia, el romance
y el suspenso, la película se permite un espacio para la profundidad de un
mensaje.
El médico Burt es un judío de
familia humilde casado con una católica de clase alta cuyos padres lo
desprecian. Comparte esta situación de inferioridad racial con su camarada Harold, un
afroamericano que integró su regimiento en el frente de batalla. Ambos fueron
heridos en acción y atendidos en el hospital de guerra por la enfermera
voluntaria Valerie. Los tres huyeron hacia Amsterdam, en donde vivieron la felicidad
plena: en medio de un mundo en ruinas, un lugar libre (los Países Bajos fueron
neutrales) donde todo era posible: el arte y el amor sin ataduras, sin convenciones
sociales, sin estructuras de poder opresoras.
En Amsterdam el pacto entre los
tres se selló con la no sense song:
una canción inventada por ellos con el procedimiento del cadáver exquisito del surrealismo,
que por entonces campeaba en Europa. Y es que el mundo no tenía sentido, todo
estaba fragmentado y roto, como las fotografías, las esculturas y los collages de Valerie, que recuerdan a
Magritte, a Picabia, a Man Ray. En esa descomposición, los restos y astillas
son la materia prima para inventar y entender una nueva creación.
Este primer desarrollo argumental
es el que resulta más inquietante: Amsterdam, una burbuja frágil fuera de la
cual todo lo horroroso del mundo sigue existiendo, y ese afuera incluye a los
propios Estados Unidos. El regreso a América implicará la pérdida de ese paraíso y el
retorno a un páramo gris, de explotadores y explotados, sin posibilidades,
luchando por derechos elementales, por un mínimo de respeto.
Más adelante los requerimientos
de la trama se apoyan en un personaje histórico (el general Butler, presentado
como general Dillenbeck), y ahí el encanto del filme se frustra, o en todo caso
se atenúa, por cierto didactismo al que siempre recurre el cine político
americano, a la hora de reivindicar los principios civiles y liberales
consagrados en la Carta de Derechos, cada vez más sepultada en el olvido pero
no por ello menos invocada toda vez que sea necesario. Y vaya si resulta
oportuno su recuerdo en tiempos en los que el autoritarismo y, aún más, el fascismo, vuelven a mostrar su cara,
tanto en Europa como en Estados Unidos.
La necesidad de enfatizar esa declaración cívica y encerrar la trama en la historia doméstica de los hechos político-policiales de Norteamérica ensombrece la otra realidad señalada por la película: la maquinaria de opresión productiva que es el home of the brave, bajo la férula de poderosos empresarios criminales que mantienen el statu quo de la manera más cruel y al precio que fuere. Ese mundo en el que sólo es posible sobrevivir ajustándose socialmente, a la manera del corset que debe llevar Burt. Es ese corset de ajuste social el que le salvará la vida al desviar la bala que podía matarlo; Burt es consciente entonces de que sus amigos Harold y Valerie no tienen la misma protección y que por lo tanto deben partir hacia una nueva Amsterdam, misteriosa y no declarada, para ponerse a salvo, para poder amarse sin que importen los colores de sus pieles. En donde el amor, el arte y la libertad sean nuevamente posibles.
Sin esa explicitud, esa
literalidad que tiñe los diálogos y discursos de la Gala de Veteranos de Burt y
su remate final; sin tanta reivindicación de tradiciones cívicas y convicciones
democráticas, y dedicando esa energía y tiempos a explorar el lado más oscuro de
la trama –esa Amsterdam como metáfora de la sociedad perfecta contrapuesta a la
corrupción de intereses y negocios que es el mundo civilizado occidental–, quizá
la película habría resultado más perturbadora y también mucho más penetrante,
clarividente y poética. De la forma en que se eligió resolverla, de igual modo, es una obra
muy por encima del promedio y que merece ser vista y disfrutada sin reservas.
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