jueves, 2 de marzo de 2023

Amsterdam (2022)

D: David O. Russell.

I: Christian Bale, Margot Robbie, John David Washington.

Washington, Robbie y Bale                                                                            Fuente: imdb.com

La película se inicia de un modo bizarro: en un consultorio miserable del New York de 1933, un protocirujano plástico intenta con medios indigentes restituir apariencias humanas a cuerpos de veteranos mutilados por la Primera Guerra. El médico mismo, Burt Berendsen, padece una condición similar: en los campos de batalla de Bélgica dejó su ojo derecho (que ahora reemplaza con una prótesis de vidrio) y buena parte de su salud. A cambio adquirió todo tipo de cicatrices que desfiguraron su rostro y su cuerpo, y un arnés que sostiene la ruina de su espalda.

Ese mundo de deformidad se multiplica a su paso en las secuencias siguientes, y se traslada de los cuerpos de los veteranos a una sociedad desarticulada por las secuelas de esa guerra atroz, la amenaza de la Gran Depresión y las transformaciones que se operan en el mundo, que ya incuba, en las mentes de los poderosos, las soluciones totalitarias que tendrán la plenitud de su expresión en aquella década.

Amsterdam narra la pesadilla de la primera mitad del siglo XX, en el parteaguas de las dos grandes contiendas mundiales y el hundimiento en la Gran Crisis, en donde la amenaza del fascismo asomó también en Estados Unidos como una posibilidad concreta. Su intriga se inspira en parte en hechos reales sobre los que se monta una ficción sólidamente construida.

El director Donald Russell también escribió la historia, y demuestra un ejercicio diestro de la narración, creando un clima poderosamente sensible y misterioso al mismo tiempo. La dirección de arte y la fotografía crean un retrato maravilloso del New York de entreguerras, y todos los aspectos de la realización están cuidadosamente tratados para entregar un producto redondo. Christian Bale despliega sus mejores recursos como actor. Margot Robbie, para quien las películas pasan pero la belleza permanece, también se muestra convincente en su personaje. Pero no son excepciones: todas las actuaciones resultan sólidas. Entre la parodia, el romance y el suspenso, la película se permite un espacio para la profundidad de un mensaje.

El médico Burt es un judío de familia humilde casado con una católica de clase alta cuyos padres lo desprecian. Comparte esta situación de inferioridad racial con su camarada Harold, un afroamericano que integró su regimiento en el frente de batalla. Ambos fueron heridos en acción y atendidos en el hospital de guerra por la enfermera voluntaria Valerie. Los tres huyeron hacia Amsterdam, en donde vivieron la felicidad plena: en medio de un mundo en ruinas, un lugar libre (los Países Bajos fueron neutrales) donde todo era posible: el arte y el amor sin ataduras, sin convenciones sociales, sin estructuras de poder opresoras.

En Amsterdam el pacto entre los tres se selló con la no sense song: una canción inventada por ellos con el procedimiento del cadáver exquisito del surrealismo, que por entonces campeaba en Europa. Y es que el mundo no tenía sentido, todo estaba fragmentado y roto, como las fotografías, las esculturas y los collages de Valerie, que recuerdan a Magritte, a Picabia, a Man Ray. En esa descomposición, los restos y astillas son la materia prima para inventar y entender una nueva creación.

Este primer desarrollo argumental es el que resulta más inquietante: Amsterdam, una burbuja frágil fuera de la cual todo lo horroroso del mundo sigue existiendo, y ese afuera incluye a los propios Estados Unidos. El regreso a América implicará la pérdida de ese paraíso y el retorno a un páramo gris, de explotadores y explotados, sin posibilidades, luchando por derechos elementales, por un mínimo de respeto.

Más adelante los requerimientos de la trama se apoyan en un personaje histórico (el general Butler, presentado como general Dillenbeck), y ahí el encanto del filme se frustra, o en todo caso se atenúa, por cierto didactismo al que siempre recurre el cine político americano, a la hora de reivindicar los principios civiles y liberales consagrados en la Carta de Derechos, cada vez más sepultada en el olvido pero no por ello menos invocada toda vez que sea necesario. Y vaya si resulta oportuno su recuerdo en tiempos en los que el autoritarismo y, aún  más, el fascismo, vuelven a mostrar su cara, tanto en Europa como en Estados Unidos.

La necesidad de enfatizar esa declaración cívica y encerrar la trama en la historia doméstica de los hechos político-policiales de Norteamérica ensombrece la otra realidad señalada por la película: la maquinaria de opresión productiva que es el home of the brave, bajo la férula de poderosos empresarios criminales que mantienen el statu quo de la manera más cruel y al precio que fuere. Ese mundo en el que sólo es posible sobrevivir ajustándose socialmente, a la manera del corset que debe llevar Burt. Es ese corset de ajuste social el que le salvará la vida al desviar la bala que podía matarlo; Burt es consciente entonces de que sus amigos Harold y Valerie no tienen la misma protección y que por lo tanto deben partir hacia una nueva Amsterdam, misteriosa y no declarada, para ponerse a salvo, para poder amarse sin que importen los colores de sus pieles. En donde el amor, el arte y la libertad sean nuevamente posibles.

Sin esa explicitud, esa literalidad que tiñe los diálogos y discursos de la Gala de Veteranos de Burt y su remate final; sin tanta reivindicación de tradiciones cívicas y convicciones democráticas, y dedicando esa energía y tiempos a explorar el lado más oscuro de la trama –esa Amsterdam como metáfora de la sociedad perfecta contrapuesta a la corrupción de intereses y negocios que es el mundo civilizado occidental–, quizá la película habría resultado más perturbadora y también mucho más penetrante, clarividente y poética. De la forma en que se eligió resolverla, de igual modo, es una obra muy por encima del promedio y que merece ser vista y disfrutada sin reservas.

  

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